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jueves, octubre 05, 2006

The thrill is gone (B. B. King)

Respiré hondo, levanté el teléfono y la cité a Melisa en el Bar enfrente de la plaza de la Congoja. Le dejé un mensaje, y a la hora que le había dejado dicho, bajé de mi oficina y crucé la calle. Para mi sorpresa ella ya estaba allí, y creo que para la sorpresa de Laura, la moza, también, ya que no entendía muy bien qué andaba pasando.
Después de hacer un rompimiento de hielo, de contarnos cosas que olvidaríamos para siempre dentro de cinco minutos, le dije directamente:
- Melisa, quiero nos dejemos de ver. Quiero decir con esto que me dejes de buscar o hablar o lo que sea. Por un tiempo (si es largo, mejor) no quiero saber nada de vos.
- Bueno, bueno, salió la cana que tenés adentro, poniendo límites.
- No intentes dar vuelta la tortilla que esta y por tu lado está bien quemada, Melisa, y yo prefiero que guardemos lo bueno que nos pasó.
- Y que vos intentás una y otra vez de borrarlo, Elvira. Yo no sé si te puedo prometer eso, de no buscarte, es más, después de nuestro último encuentro corté con Silvia...
- ¿Qué? ¿Pensabas que me ibas a recuperar diciéndome lo de Renata?
- No, corté por mí, sólo por mí. No sabía si te iba a volver a ver, y lo hice por mí, al fin y al cabo no la amo.
Suspiré hondo, pero muy hondo: “Melisa, sólo para que sepas, sigo estando con Renata y es a ella a quien quiero, y con quien quiero estar”.
- Qué raro vos jugando un papel secundario ¿no?
- Por qué no te vas a la mierda un poco, pendeja insolente! le dije desde el fondo de los ovarios.
- Ahora soy pendeja e insolente, y vos ¿qué sos? ¿La super madura? o ¿una vieja chota que no sabe de qué cuerpo joven sacar sangre fresca?
No puedo decir ni lo que hice, ni lo que le dije. Me da vergüenza, me siento mal. Pero me fui de allí mordiendo astillas de odio como nunca pensé que me podría pasar. Nunca. Salí del Bar, Laura salió conmigo hasta la puerta: ¿Estás bien? me preguntó. “Sí” le dije mirándome la mano que casi no reconocía como mía.

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jueves, abril 28, 2005

Me deshizo

Hay un punto en mí que lo podría denominar mi punto débil. Es ese punto en donde lo cursi y lo salvaje se juntan.
En donde soy la humana de todos los días y la personaje de comic de algunas veces.
Salí temprano del trabajo con la idea, con la única idea de mi capuccino crepuscular. Ya saben, en el bar de la esquina, mirando hacia la Plaza de la Congoja.
Cuando entré la vi. Estaba allí sentada, con cara de pícara. Una especie de travesura.
La saludé sorprendida, y hasta Laura, la moza, también lo estuvo.
- Ayer dijiste, como al pasar, que saldrías más temprano del trabajo. Y como me comentaste acerca de este ritual, pensé en traerte un regalito. Esto.

Extendió su mano y había un chocolate con un moñito alrededor. Me quedé sin palabras, seca la garganta. Y la quería comer a besos y mi otra parte, la dura, racional y metida me decía: no, no.

- Gracias linda, - apenas pude articular.

Charlamos de su día, del mío. Charlamos y nos perdimos en el tiempo.

Hum... chocolate blanco, qué rico. Dejo que cada cuadradito se disuelva en mi boca. Lo dejo allí. Me endulza y calma mi nerviosismo.
Es que entre las otras cosas, que para ella no habíamos hablado, era qué podíamos hacer esta noche.
Realmente ni lo había pensado. Las cosas habían pasado tan rápido en los dos últimos días, y en realidad había sido ella la planeadora de todo.

Fue un momento de debilidad, lo juro. Sí, lo juro. Fue cuando pronuncié: “Si querés podés venir a casa”.
Sus ojos brillaron, sus piercings parecían brillar más.

- Sí. Sara me habló de ella.
- Mirala vos.
- Es tu ahijada, ¿no?
- Sí, pero en cualquier momento dejo de serlo, si me sigo enterando de que anda contando cosas mías por ahí.
- No te enojes, la culpa la tengo yo.
- ¿Vos? En menos de una semana ya te contó vida y obra por lo que veo.
- No. No en una semana.
- ¿No? Y ¿cómo es eso señorita?
- Desde hace más de un año.
- ...
- No te pongas así. No es un servicio de inteligencia. Es que un día que vos estabas en su casa yo fui a buscar a mi hermana. Y te vi.
Estabas entre enojada y triste y le contabas con muchos ademanes a Amanda una historia tuya. Me gustaste.
- ¿Qué? (no podía decir otra cosa)
- Sí. Me gustaste. Y le pregunté a Sara quién eras. Y después que te fuiste (ni me viste entre tantas lágrimas, supongo) Amanda le contó algo a Sara.
Te quieren mucho, y estaban preocupadas.
- Sí. Con Amanda somos casi como hermanas. Pero volviendo al aquí y ahora.
- Volviendo al aquí y ahora es que a esta lesbianita le gustaba una señora lesbiana: usted. Te vi varias veces por la calle y esperé a que me reconocieras. Pero nada.
- Te juro que no te registré.
- Ya lo sé. Y cada vez que te veía le preguntaba algo a Sara. Y bueno, el domingo cuando te vi allí no podía hacer nada, nada más que jugar. Hasta que te acercaste.
Mirando a su alrededor, como para que no oigan: “Podés creer que me mojé”.
- Che!, dije yo mirando para todos lados también.
- Es que no lo podía creer. Vos ahí y tan cerca ¿Te sueno muy, demasiado pendeja, no?
Le tomé el mentón y levanté su cara: “Para nada. No me esperaba esto. Yo también debo parecerte medio pendeja”.

viernes, abril 22, 2005

Las no historias

Escribo estas líneas en una libreta muy pequeña, de esas que tienen por nombre un punto cardinal.
Las escribo para no olvidarlas, sentada en el café que da a la Plaza de la Congoja.
Manía de fijar historias. Las mías, la de las otras. Leo en el diario que hicieron finalmente los cambios en España, y que ahora se podrán casar entre personas del mismo sexo.
Creo que ya comenté por aquí que descreo y ni tomo en cuenta esa institución heteropatriarcal, pero si a alguien le sirve esa instancia legal, bienvenida sea. Así que para aquellas tortas españolas que suelen visitar este blog vaya mi felicitación.

Hoy estoy así. Con ganas de tomarme un micro o un avión e irme bien lejos. Sensación de vacío.
No me han llamado. No quiero llamar.

miércoles, abril 20, 2005

Estoy perdida

A eso de las 16 hs. cerré la Power Book, la guardé en mi bolso, acomodé (lo más que puede) mis papeles y salí de la oficinita. No trabajo en casa y eso me ayuda a salir y respirar otros aires.
Me crucé al bar de la esquina, el que da a la Plaza de la Congoja. Pedí el capuccino de costumbre y me quedé mirando la nada. Cuando me aburrí de la nada agarré un ejemplar del diario Clarín, casi sin ganas.
De golpe un sombra se dibuja sobre el diario. Alguien se había parado delante del ventanal del bar. Levanto mis ojos, y para mi sopresa la veo: Dolores. Me sonríe y me hace una seña para ver si puede entrar y venir a la mesa. Digo un sí que de tan bajo rompe algo en mi interior.
No les puedo decir cómo me empezó a latir el corazón. A mil. Parezco una pendeja. Ahh su perfume. Cómo me gusta.
Se sentó y pidió un te con limón, su bebida preferida. Terminó casi de un tirón el cigarillo que estaba fumando antes de hablarme.
Y vuelta con la cuestión esa de estar confundida. Que no sabe qué quiere pero que me quiere. Que disculpara el llamado de la otra anoche: "No podía dejar de pensar en vos" me dijo.
Yo estaba más que en silencio, estaba como escondiéndome y con un dolor de estómago insoportable.
Y fue ella la que se despachó, después estar las dos hablando durante un rato: "Aquí cerca hay un hotel de esos gay friendly. Si querés podemos ir y seguir hablando".
- ¿Qué? ¿Un hotel?, ¿No podemos seguir aquí?.
- Yo preferiría un espacio más íntimo, pero que no fuera ni tu casa ni la mía.
- No sé Dolores, no sé. Qué cuernos querés de mí? Ya somos grandes, no podemos estar como dos adolescentes. Meta jugar y jugar.
- ¿Jugar? Te parece que sufrir es jugar. Y comenzó a hacer puchero.
Me quedé mirando hacia afuera mientras ella se limpiaba la nariz.
Dije: Vamos.

Y aquí estoy. Después de haber el hecho amor con Dolores durante dos horas, eternas. Mejor dicho haber cogido. Salvajes las dos. Comiéndonos, besándonos. Ella allí desnuda, tan sensual. Tan morena, tan rellenita a su manera. Yo ofreciéndole lo que ella más desea: mis pechos.
Sí aquí estoy. Entre contenta y triste, pero sola.
No sé. No sé cómo seguirá esto.