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miércoles, octubre 25, 2006

Ser solitario

“Eso no matará tu ser solitario”, me dijo Andrea, y esa frase me quedó rondando estos días. Si dejarme llevar por el deseo de la otra no mata mi ser solitario, entonces ¿qué es lo que lo está matando? M siento casi como una vegetal, o una de esas plantas parásitas: adornan pero nada de nada. Siento que soy un adorno para la vida de Renata y siento que no estoy haciendo nada con la mía.
Trabajo, sí por cierto, y mucho. Leo, casi demasiado, pero me descubro escondiéndome detrás de los libros, de la computadora; me descubro encerrándome en mi escritorio, inventando excusas para no salir, para no estar mucho con Renata.
Ella se da cuenta, pero ha tomado esto como una especie de cruzada, y estas cosas no me agradan mucho. Ella se queda, en silencio, ronda la casa, en vez de ponerse con su cosas o ir a su lugar o salir con sus amistades. Me molesta tener que encerrarme en un cuarto de mi propia casa, cuando justamente decidí arreglar esta casa por lo espaciosa, por lo aireada, pero apenas traspaso la puerta del escritorio, allí está ella, toda sonrisa, con mates o café o cerveza cuando yo no le pedí nada, y se va transformando en una especie de sombra.
Si le digo algo, lo toma a mal, se pone a llorar, le pido disculpas e inexorablemente terminamos en la cama, haciendo (d)el amor algo desapasionado, para cumplir con las formas.
No estoy preparada para los rituales de las parejas comunes y corrientes, quizá no estoy preparada para vivirlos y construirlos con Renata. De todas formas este fin de semana se va a Córdoba yseguro allá ella pondrá en movimiento su otra historia, su otra mentira vital. ¿Cómo puede vivir con éso? ¿Cómo puede vivir así? Pero estoy seguro que allá la aman más de lo que yo la quiero. Es una bella persona, me mueve cosas, pero no cuando estamos tan pegadas, tan juntas.

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domingo, octubre 22, 2006

Cena con la Lectora

Fue en casa, y junto a Renata. Quería que Andrea conociera la nueva casa, que viera cómo había quedado mi nuevo escritorio, que reconociera por allí algunos regalitos que me hizo.
Renata hizo de más que anfitriona, y noté que se esforzaba mucho por querer hacer ver que somos “una pareja”. La dejé hacer, no quise oponerme, eso somos, en eso estamos. Andrea no terminaba de entender bien qué pasaba allí, y creo que tampoco se creyó mucho lo de “la pareja”.
A Renata le conté a grosso modo qué había sucedido entre la lectora y yo; qué espacio ocupó en un tiempo de mi vida. La preocupación de Renata es que no era justamente en mi prehistoria, pero sí un tiempo algo cercano. La tranquilicé diciéndole que ya fue, que por eso quería que ella compartiera esa cena.
Andrea nos contó sus andanzas en México, cómo se enganchó con la causa de Ciudad Juárez; que empezó a escribir una novela; que todo este tiempo estuvo sola.
- En México y sola? no te puedo creer dijo Renata, con todas las lesbianas que hay por allí.
- Sí, quizá sea así, pero tal vez no encontré la que sea para mí. Me gusta la soledad y me la banco, no quiero estar por alguien por estar, le contestó de una forma que me congeló el estómago.
- Con Elvira estuvimos charlando sobre hacer un viaje, y unos de los posibles lugares es ese país, pero sus costas, las playas, le dijo. Yo quiero descansar, dijo Renata, ella quiero ver cosas culturales, librerías, bibliotecas. Yo también, además allá hay toda una tradición en títeres de papel, pero si quiero descansar, quiero hacer eso.
- Es un país muy bello, dijo Andrea. Les fascinaría, y de hecho, si ando por allá de nuevo, cuenten con mi espacio en el DF, al menos.
- Gracias Andrea, dije, pero apenas estamos empezando a planear esto de viajar juntas; ya sabés mi ser solitario se opone aún un poco a eso, dije sonriéndoles a ambas; y para mi sorpresa Andrea me respondió mirándome directo a los ojos: “No te vendría mal alguna vez dejarte llevar, dejarte llevar por el deseo de la otra. Eso no matará tu “ser solitario”.

jueves, octubre 19, 2006

Desayuno con la Lectora

Fui a desayunar a “La mariposa”, hacía un tiempo que no iba y quería saber cómo andaban las cosas de los chicos, y el bar.
Estaba leyendo el diario, frente a mi capuccino, cuando sentí que una mano se posaba en mi hombro y alguien alguien me decía: “Hola, Elvira”. Reconocí enseguida la voz, pero no lo podía creer hasta que di vuelta la cabeza. Era Andrea y estaba allí sonriendo, me levanté y nos abrazamos fuerte, largo. Podía sentirle cómo le latía el corazón.
La invité a que se sentara a tomar algo, ¿volviste? le pregunté.
- Hace un par de días que estoy en Santa Lucía, y antes estuve una semana en Buenos Aires, haciendo unos trámites, me dijo.
No podía dejar de mirarla y agarrarle una de sus manos. Sentía como una pequeña fiesta en mi interior.
- ¿Te quedás más días por acá?
- Algunos, tengo que hacer cosas antes de volver a México en diciembre o fines de noviembre.
- Contame qué hiciste, cómo te fue? Ya sé, que no será para contarlo en media hora, pero quizá nos podamos ver otro día ¿qué te parece?, le dije.
- ¿Querés que nos veamos? ¿De verdad? me preguntó.
- Sí, ¿por qué no?
- Es que, no sabía, me enteré que estás en pareja...
- Y eso qué tiene que ver? ¿No podemos charlar como viejas amigas? le dije, queriendo creer en lo que le estaba diciendo.
- Bueno, podemos comer un día aquí y charlamos; ¿seguís teniendo el mismo teléfono?
- El de la oficina es el mismo, el de casa es 4-...
- No, mejor no me des el de tu casa.
- ¿Qué pasa Andrea? Si me lo decís, quizá puede comprender un poco lo reticente que estás a que nos veamos.
- Sabés qué Elvira? Para mí lo que pasó con vos fue muy fuerte, y no estoy segura, yo, de poder verte sólo “como una vieja amiga”. Si vos me ayudas, quizá pueda hacerlo.
Tragué saliva, lo menos que me esperaba era una confesión de este tipo, a esa hora de la mañana , en este mes de octubre, a casi 10 meses de haberla visto por última vez.
- Bueno, le dije, hay formas de encontrarse y poder “keeping it cool”.
Se sonrío. “Me tengo que ir, pero te llamo; o nos dejamos los mensajes con los chicos”.
Pedí otro capuccino e intenté leer el diario, pero lo único que volvía a mi cabeza era una la frase que ella había dicho recién y la escena de la última vez que nos vimos.

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domingo, diciembre 04, 2005

La lectora, mudanzas

Ayer al mediodía recibí un llamado de Andrea, la lectora. Después de los saludos esperables, me dijo que tenía que hablar conmigo.
Yo no tenía muchas ganas, por dos razones: una, estaba super ocupada, y segunda, no quería recaer en tentaciones. Insistió y le dije que sí, pero que iba a ser muy tarde, ya que tenía dos trabajos que supervisar. Finalmente nos encontramos a la madrugada de hoy, sí a las 1:30 de la mañana, y estuvimos hablando hasta eso de las 4 am. Ahora estoy que me caigo, pero cuando vi el reloj, que casi está por marcar las 16 hs. pensé: Andrea ya está rumbo a Rosario.
Sí, Andrea se va a lo de una amiga que vive allí hasta fin de año, y el 2 de enero está saliendo hacia México. Sí: dejó a su novio, dejó Santa Lucía y dejará el país en pocos días. ¿Razones?
- Me harté. No soporto más vivir en esta ciudad de mierda, donde todos te observan lo que hacés y dejar de hacer. Me cansé de la ambigüedad de las personas, de la gente careta. Me cansé de no poder encontrar una mina con la quien curtir tranquila, sin historias.
- ¿Una mina?, pregunté.
- Sí. Bueno, vos sabés que yo soy muy intelectual y eso, pero me gusta decirle mina a una mujer que me gusta.
- Claro. ¿Y cuándo te vas?
- Mañana zarpo hacia Rosario, y el 2 de enero al DF. No sé si me quedaré allí, veré qué pinta.
- Pero tenés una beca, algo?
- No, nada. Sólo un par de amigas que me hice vía chat y que me dijeron que quizá puedo enseñarle inglés a los gringos, y cosas así. Quiero dedicarme a escribir.
- Me parece refuerte la movida que vas hacer. Te deseo todo lo mejor, y que te portes muy mal.
Se sonrió. Nos abrazamos muy fuerte y nos dimos un buen beso, como para cerrar nuestra historia con un recuerdo dulce.

Cerré la puerta, y allí me quedé, mientras Natalie Barney me refregaba las piernas. Levanté las tazas de café, y me senté un rato en la cocina. Pensé en cómo van desapareciendo de mi vida personas a las que quiero, y cómo se van las personas jóvenes con las cuales, además de compartir el deseo, pude intercambiar un par de ideas, libros y hasta discos.
No soy, como leí en un blog, una vieja que se busca pendejas. Me sucedió esto en este último año. No soy roba cunas, no me ando haciendo la pendex. Ellas, Melisa y Andrea, llegaron a mi vida con una fuerza inusitada, dieron vuelta mi mundo, lo desarticularon, y me enseñaron cosas nuevas, y me dieron esperanzas.
Pero ahora se van. Melisa ya está en París, de nuevo; y Andrea con este viaje. Ojalá yo también pudiera armar el bolso y salir por allí, sin tiempo, sin espacio. Pero no puedo, aún no puedo.

Uff, para colmo toda esta sensación se mezcla con el estúpido espíritu navideño que ya el comercio impone en todas partes. Odio estas fechas. Odio estar tan sola, y no hablo de no estar rodeada de gente. Hablo de esa soledad, que no se va de ninguna manera. Salvo...

martes, noviembre 22, 2005

“Con el sudor de tu frente”

Cuando una mujer sola debe automantenerse, cuando una no depende económicamente de nadie, y tenga el trabajo que tenga, no puede darse el lujo de dejarse caer, de dejarse tentar por el stress metafísico o vivencial.
Las facturas, las cuentas llegan y hay que pagarlas, hay que comer, hay que intentar vivir más o menos dignamente.
Así que hoy volví a mi trabajo, que además me permite enroscarme un poco menos en cuestiones personales, pero que son sin solución: que me madre se haya muerto hace unos meses ya no tiene solución, y que yo no lo supiera hasta la semana pasada, tampoco.
De vuelta, entonces, a la oficina. Dos trabajos grossos en proceso, y otro más chico. Me gusta mi trabajo, y lo disfruto. Me hubiera gustado poder hacer otras cosas, pero los caminos de la vida me trajeron hasta aquí, yo me los fui haciendo.
Los honores literarios se los dejo para otras que saben escribir mejor que yo, y que decidieron dedicarse a eso.

¿Por casa? Hablando mucho con Melisa, que se quiere quedar, y yo que le digo que no, que no deje lo suyo por la mitad (eso de los caminos que una hace y deshace... por otras personas o locuras propias). Tratamos de no pensar mucho más allá de la noche del mismo día y éso ya es un vértigo.
Hablé por teléfono con Luisa, mi media hermana. Quedamos en que intentaremos encontrarnos cara a cara, de nuevo, la semana que viene.
Como reabrió “La Mariposa”, fui a desayunar allí. La vi, nos vimos, con Andrea, pero nos saludamos de lejos. Sus ojos, ríos turbulentos.
Mi pezón va cicatrizando... pero me pica mucho y debo alejarlo de la amenaza Melisa. Ya le dije que dentro de nueve meses podremos experimentar lo que quiera, pero que ahora lo deje en paz ;-)

martes, noviembre 08, 2005

No hay remedio para el deseo

Eso es todo lo que puedo decir. No hay remedio. No hay remedio para el deseo. No hay posibilidad de retorno para la locura de besar sus labios, sus senos; de oirla leer un poema y enloquecerme.
Eso es todo lo que puedo decir en mi defensa, pero como ya se sabe, todo lo que digo será usado en mi contra. Pero como ya perdí el juicio, mucho no me preocupo.
Ella, Andrea, es una especie de grano de pimienta, creo que ya lo dije. Y me sacude y me quema. Cuando ayer la llamé me pidió por favor que nos viéramos, y así quedamos. Yo fui a su depto después de comer con Sara.
Yo hubiera preferido un lugar neutro, pero fue allí. La piba está en su búsqueda personal, y también se deja guiar por su deseo.
La cuestión es que dejó a su chico, no por mí (toda una suerte para después no sufrir más reclamos inncesarios) sino porque quiere ver cómo se siente lejos de él, y estando con mujeres... Ese plural me incluye, pero no quise preguntar si ese plural es pensando en el futuro, o si ya tuvo otra experiencia en estos días, con otra mujer.
No digo que no me interese, pero tampoco me quita el sueño. Un poco de pasión por la pasión misma viene bien. Pero hay algo alllí... No. Mejor paro aquí antes de darme manija. Antes de engancharme mal o engancharme.
¿Melisa? No sé. Creo que si algo puede quedar es una amistad. Lo siento así, y sospecho que ella también. Sigue con esa persona que conoció, no me dice cómo sigue, pero en sus comentarios, cada dos por tres la nombra. ¿Me duele? Sí, un poco, pero no tengo derechos a hacer reclamos. Ella tampoco los hace. Creo que en eso hemos crecido. Sin embargo y más allá de todo, siento que la amo.
A veces me quedo con la mirada perdida por allí y recuerdo cómo la conocí, cómo vine a descubrir que yo le gustaba desde hacía un tiempo; recuerdo nuestros primeros encuentros entre culinarios y amorosos. Recuerdo la pasión, esa pasión, su libertad de movimiento, su celo de perra en celo. Es hermosa, y peligrosa, y dulce, y mierda, cómo la extraño.
¿Debo confesarme? Está bien, acá va: la amo. La amo con cada poro de mi cuerpo, con cada célula, con cada pensamiento. ¿Por qué no estoy en París con ella? ¿Por qué no vuelo hacia ella? Porque sería arruinar el gran paisaje del amor. Porque sería romper un pacto que hicimos, darnos tiempo, ver qué pasa, qué queremos de nuestras vidas y qué quiere una de la otra o con la otra.
No, no hay remedio para el deseo, y menos para el amor, salvo tirarse de cabeza en él, desnucarse en él, hundirse.
El piercing es para ella, ese dolor es para ella; esto que queda de mí en brazos y lengua de otra es para ella. Mi diosa, mi estrella.

lunes, octubre 03, 2005

Andrea, la lectora curiosa

Hoy en la librería:
“– Por lo que estuvimos charlando ayer, ¿vos también sos lesbiana como Melisa?
– Sí, ¿no estaba claro?
Se rió. –Sí, está claro, pero sólo quería estar segura. Como eso del nombre, por qué la otra vez me dijiste otro?
– Era sólo una broma, nada más.
– Es un engaño.
– Si vos lo ves así.”

No quise explicarle sobre el mundo L y una de sus protagonistas. El domingo charlamos más la película. Ella la veía por primera vez. ¿Su nombre? Andrea. ¿Edad? 25 años (3 más que Melisa). ¿piercings? según ella ninguno, pero con ganas de hacerse alguno. ¿Lecturas? Muchas y confusas. pocas mujeres, muchos hombres, como nos pasa a casi todas. ¿Ojos? Verdes muy intenso, no baja la mirada. ¿Voz? algo grave, pero dulce.

– ¿Cuándo vuelve Melisa?
– Uy! parece que la estás esperando mucho, y que yo no soy un buen reemplazo.
– No, no es eso. Es que...
– ¿Qué?
– Nunca le pude dar una respuesta a algo que ella me preguntó.
– Se puede saber qué cosa?
Me miró muy fijo: no. Por ahora no.

lunes, septiembre 19, 2005

La lectora

Se fue a desayunar a La Mariposa, pero dijo que ya vuelve. Suelo verla desayunando y leyendo allí. Me había llamado la atención su forma de comer, de devorar los libros. Ya lo comenté en post anteriores.
Cuando entró a la librería se quedó sorprendida al verme, me saludó, y fue directo a una mesa de ofertas. Parecía buscar a Melisa, que es quien suele atender aquí. Noté que estaba incómoda, como perdida. A mí me suele pasar cuando cambian algo o deja de estar alguien en un lugar que frecuento.
Cuando se acercó con la pilita de libros, le respondí antes de que preguntara: “Estoy reemplazando a Melisa. Ella está de viaje”.
“Cierto. Sabía lo de su viaje, pero no la fecha en que se iría”, fue su respuesta, que por cierto me sonó algo dolida.
“Cuando está ella suelo dejarle lo que selecciono, voy al bar y luego vuelvo”.
“Sí, te he visto en el bar. Recordá que yo estoy hasta eso de las 13 hs., quizá un poco más, pero no más allá de las 14 hs.”
“Okey, entendido”. Antes de salir dio media vuelta y me preguntó: ¿Cuál es tu nombre?
- Marina, mentí.