Fuimos hasta el baño y Melisa con una jarrita con agua tibia me lavó la cabeza. Era como una especie de bautismo. Nos volvimos a acostar, después de que ella preparara unos mates. Sentí una especie de vértigo, ya que seguro vendría el hablar, el explicar. Había venido para eso. Había venido para enterarme de cosas que no quiero saber, pero bueno, esto forma parte de lo nuevo que quiero hacer. Puedo pensar en este re-encuentro como una recaída, pero es/fue mucho más.
- ¿No parecemos una pareja cualquiera, así en la cama, tomando mate? preguntó Melisa.
- No realmente no. Creo que somos dos minas con mucha energía interna!
Nos reímos un rato, hasta que su cara cambió.
- Lo de Silvia es una especie de prueba que me impuse...
- No sigas, por favor, le dije.
- Necesito decírtelo, ya que necesito descargarme. Fue muy loco, fue con alcohol de por medio, fue todo mal, pero amanecí un día en su cama, en su casa, después de una reunión. Y ahora, no ha pasado mucho, sabés, no sé cómo cortarlo para no lastimarla.
- ¿Me estás pidiendo un consejo? le dije levantámdome de la cama, y vistiéndome.
- No te pongas así, pero es que, no sé Elvira, quiero que lo nuestro quede claro, para ambas. Me gustaría saber sobre vos y Renata.
- Ah, no! esas no, Melisa. No la metas a ella aquí. ¿Querés saber para qué vine?
- Sí, me dijo mirándome fijo.
- Para ver al diablo a los ojos, para poder ver bien de cerca aquello que me tienta y no me deja ir, aquello en vos que me tiene atada, ¿lo entendés?
-....
- Cómo no lo vas a entender... me tenés en la palma de tu mano, siempre fue así, y yo voy y vengo como una tonta, como boluda enferma de amor. No me importa saber cómo terminaste con esa mina, no me importa, sabés? Lo único que quiero es poder decirte: chau, adiós, no te acerques más, no me sigas haciendo mierda.
- Elvira, te amo.
- Si es así, desaparecé de mi vida, y dejá que sólo pueda seguir lo lindo, lo que vivimos en los comienzos.
- ¿Amás a Renata?
- ¿Y qué mierda te importa eso? Es cuestión mía y de ella.
- Sí me importa, porque me estás haciendo ir, es como si me echaras de tu vida, pero no me termina de quedar en claro por qué. ¿Soy peligrosa? ¿Me tenés miedo?
- ¿Vos me estás cargando?
- Para nada Elvira.
- Vos sos ese pedazo de una daga que queda en el corazón y allí se oxida y te recuerda lo que puedo haber sido y no fue.
- Eso, Elvira, yo te cité para ofrecerte/nos una nueva posibilidad. Yo quiero estar con vos.
- Sabés Melisa, sos una especie de vampira. No me había dado cuenta hasta ahora. Sos muy sutil, muy seductora, te vas metiendo, despacio. Mirá, le dije, lo que creo es que tenemos una “cosa” muy fuerte en la cama, el deseo nos puede, no lo voy a negar, pero yo quiero más, y debo ver de qué manera y con quién, y por el momento lo estoy intentando con Renata.
- ¿De verdad? Me dijo con tono irónico. Vos disculpame, pero sabías que “tu” Renata tiene su pareja en Córdoba? ¿Te lo había dicho?
Sentí un frío frío, sentí por primera vez en mi vida que quería pegarle a alguien, me contuve. La miré mal, como preguntándole. Como rogándole que no sea tan yegua.
- Me contó Silvia, viste, son amigas por parte de la familia.
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lunes, septiembre 25, 2006
domingo, septiembre 17, 2006
Acidez estomacal
Me levanté con acidez, dolor de cabeza, y de parte inferior del cuerpo humano. Ni la quiero nombrar, pero empieza con “C”. Es que a la vuelta de la película Renata estaba más que cariñosa. Ella pudo llegar a su paraíso y yo me quedé comprando los tickets para una próxima vez. Lo malo es que ella se empeñó en intentar sacarme un orgasmo y pago las consecuencias.
Fui a lo de Amanda, mi amiga y consejera:
- ¿Cincuenta? ¿Estás segura?
- Sí Mandy. Me contó Renata, la tipa tiene cincuenta, es psicóloga, y una mandada para algunas cosas. Yo realmente no la conocía.
- Me suena el nombre, pero no importa. Vos estás segura que Melisa estaba allí “de onda” con ella, me preguntó Amanda.
- Sí, si te digo que la tenía unas mesas adelante, y por más oscuridad una ve cuando dos personas se besan o acarician.
- ¿Y cuál es el problema que tenga cincuenta?
- Es mucha edad! dijo casi enojada.
- Pará Elvira, la del mambo con la edad SOS vos, y lo que te jode, dejame que lo diga es que esa “vieja de cincuenta” se esté curtiendo a tu ex, como vos no quisiste seguir haciéndolo.
- De quién sos amiga, mandy, de Melisa o mía.
- Mirá Elvira, yo te quiero mucho, pero mucho, me entendés (me agarró por los hombros) y quiero, deseo, espero que estés bien con alguien.
- ......
- Por eso te voy a decir esto lo más directamente posible: o le das para adelante con Renata, y disfrutás lo que tenés, o bien cortás, vas, la buscás a Melisa y ME/ NOS DEJAN DE JODER. Vos estás hasta los ovarios con esa mina, qué hacés entonces??
- NADA, grité. Ya sé que nada... me puse a llorar.
Sí lloré, sin cebolla, por las mías
- Lo que te pido es que no te sigas haciendo mierda, y que no hagas mierda a otras personas. Además no sé que te pasa, pero te he visto en otras relaciones y nunca tuviste esta locura galopante: que la edad, que el saltar de cama en cama. ¿Qué querés probarte, Vita, qué querés?
Me mató. Amanda me mató, usó el nombre secreto, ese que ni siquiera yo debería estar escribiendo aquí. Era su forma de llamarme cuando éramos un poco más que adolescentes.
La miré y la abracé fuerte; apenas pude susurrar un gracias.
- Mirate, me dijo: sos hermosa, fuerte, inteligente, ¿por qué enrollarte tanto? ¿qué hiciste que pensàs que te merecés pedazo de castigo?
Tags: lesbianas, lesbiana, argentina, romance, amor, erotica, deseo, pasion
Fui a lo de Amanda, mi amiga y consejera:
- ¿Cincuenta? ¿Estás segura?
- Sí Mandy. Me contó Renata, la tipa tiene cincuenta, es psicóloga, y una mandada para algunas cosas. Yo realmente no la conocía.
- Me suena el nombre, pero no importa. Vos estás segura que Melisa estaba allí “de onda” con ella, me preguntó Amanda.
- Sí, si te digo que la tenía unas mesas adelante, y por más oscuridad una ve cuando dos personas se besan o acarician.
- ¿Y cuál es el problema que tenga cincuenta?
- Es mucha edad! dijo casi enojada.
- Pará Elvira, la del mambo con la edad SOS vos, y lo que te jode, dejame que lo diga es que esa “vieja de cincuenta” se esté curtiendo a tu ex, como vos no quisiste seguir haciéndolo.
- De quién sos amiga, mandy, de Melisa o mía.
- Mirá Elvira, yo te quiero mucho, pero mucho, me entendés (me agarró por los hombros) y quiero, deseo, espero que estés bien con alguien.
- ......
- Por eso te voy a decir esto lo más directamente posible: o le das para adelante con Renata, y disfrutás lo que tenés, o bien cortás, vas, la buscás a Melisa y ME/ NOS DEJAN DE JODER. Vos estás hasta los ovarios con esa mina, qué hacés entonces??
- NADA, grité. Ya sé que nada... me puse a llorar.
Sí lloré, sin cebolla, por las mías
- Lo que te pido es que no te sigas haciendo mierda, y que no hagas mierda a otras personas. Además no sé que te pasa, pero te he visto en otras relaciones y nunca tuviste esta locura galopante: que la edad, que el saltar de cama en cama. ¿Qué querés probarte, Vita, qué querés?
Me mató. Amanda me mató, usó el nombre secreto, ese que ni siquiera yo debería estar escribiendo aquí. Era su forma de llamarme cuando éramos un poco más que adolescentes.
La miré y la abracé fuerte; apenas pude susurrar un gracias.
- Mirate, me dijo: sos hermosa, fuerte, inteligente, ¿por qué enrollarte tanto? ¿qué hiciste que pensàs que te merecés pedazo de castigo?
Tags: lesbianas, lesbiana, argentina, romance, amor, erotica, deseo, pasion
Más de dos películas...
Anoche, sábado, se había organizado una noche de chicas en “La Mariposa”, ya que en en Isat daban “Bound” con Gena Gershon y Jennifer Tilly.
Llegamos como un par de horas antes con Renata para poder cenar tranquilas, charlar con los chicos, relajarnos para degustar la película y después ver qué nos deparaba el destino de la noche naciente.
La cuestión es que para mí hubo dos películas, o un poco más. A eso de las nueve y media entró en el bar Melisa. La cara de Roberto, dueño del bar y amigo de ambos, se desfiguró y me hacía señas de que él no sabía que ella vendría. Melisa vino acompañada por una mujer que era la primera vez que yo la veía.
Se sentaron en una mesa que quedaba entre la nuestra y la pantalla gigante, así fue como se me multiplicaron las películas.
Antes de que empezara Bound fui al baño y de vuelta intenté una excusa para que nos fuéramos. Renata no me dio bolilla, me dijo: pedí un té de boldo y luego vemos en tu casa.
Melisa sabe Bound es una de mis películas favoritas; con ella intentamos alguna vez remedar la escena de amor en un colchón cualquiera en la casa de alguna persona conocida, pero que no estaba en ese momento. Sabiendo todo esto no puedo dejar de pensar que lo hizo a propósito, el venir, por supuesto.
Durante dos horas tuve que soportar en casi cuadrafónico ver a Gershon y a Melisa besando a la otra, mientras Renata requería mi atención.
Pero esto no fue nada comparado con el final de esa noche. Cuando se acabó la película, y levantaron las luces del bar, la mujer que iba con Melisa, se levantó, se desperezó y justo miró para nuestra mesa, hizo una sonrisa de oreja a oreja: una amiga de la madre. Yo no lo podía creer. Santa Lucía es muy chico, ya lo he dicho, pero esto era demasiado.
Vi cómo esa mujer se iba acercando, vi cómo el rostro de Melisa también tomaba otro color, y cómo se iba quedando en su mesa, hasta que ya no pudo hacerlo.
- Hooola Renatita, cómo estas? dijo la mujer, abrazando a Renata.
- Hola Silvia, qué casualidad! ¿cómo estás?
- Muy bien!, miró hacia su mesa y llamó a Melisa.
- Te presento a Elvira, dijo Renata.
- Hola,. un gusto conocerte, me dijo dándome su mano.
- Vení Meli, por favor.
El corazón me batía fuerte en mi corazón: mezcla de enojo, ira, vergüenza y sobre todo mucha duda.
- Les presento a Melisa, dijo Silvia.
Melisa se acercó a Renata, le dio un beso, y cuando se acercaba a mí, me dijo: “Hola Elvira”. “Se conocen” fue la pregunta a dúo de Renata y la amiga de su madre.
- Sí, dijo Melisa. Mi padre es cliente suyo, y en algún momento me reemplazó en la librería de Roberto.
- Ah, dijo Silvia.
El gesto de Renata fue de intuir que esa era sólo una versión de la historia.
Roberto vino, nos cobró y me llevó al fondo, con X excusa.
- Juro Elvira, juro amor que no sabía nada de esto.
- Y yo creo que Melisa tampoco.
- ¿Quién es la mina? me preguntó
- Parece una amiga de Renata.
- ¿Puede ser así? No es mucha casualidad?
- Vos creés que las casualidades existen, Roberto.
Cuando volví, Renata estaba sola esperándome en la mesa.
- Se fueron, estaban apuradas. la chica me pidió que te dijera que el padre iba a hacer algunos cambios al último pedido que te hizo. Quizá vaya ella, pero no lo sabe.
- Gracias, hermosa. ¿Te parece que nos vamos?
- Sí, vamos. Quiero ducharme e ir a la cama. ¿Puedo quedarme en tu casa, Elvi?
- Sí, claro que sí. Cuando salíamos le dije: ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí.
- ¿Qué edad tiene esa mujer?
- ¿Silvia? Cincuenta, igual que mi vieja, ¿por?
- Me parecía más grande, más grande que yo.
- Y sí, amor, lo es.
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Llegamos como un par de horas antes con Renata para poder cenar tranquilas, charlar con los chicos, relajarnos para degustar la película y después ver qué nos deparaba el destino de la noche naciente.
La cuestión es que para mí hubo dos películas, o un poco más. A eso de las nueve y media entró en el bar Melisa. La cara de Roberto, dueño del bar y amigo de ambos, se desfiguró y me hacía señas de que él no sabía que ella vendría. Melisa vino acompañada por una mujer que era la primera vez que yo la veía.
Se sentaron en una mesa que quedaba entre la nuestra y la pantalla gigante, así fue como se me multiplicaron las películas.
Antes de que empezara Bound fui al baño y de vuelta intenté una excusa para que nos fuéramos. Renata no me dio bolilla, me dijo: pedí un té de boldo y luego vemos en tu casa.
Melisa sabe Bound es una de mis películas favoritas; con ella intentamos alguna vez remedar la escena de amor en un colchón cualquiera en la casa de alguna persona conocida, pero que no estaba en ese momento. Sabiendo todo esto no puedo dejar de pensar que lo hizo a propósito, el venir, por supuesto.
Durante dos horas tuve que soportar en casi cuadrafónico ver a Gershon y a Melisa besando a la otra, mientras Renata requería mi atención.
Pero esto no fue nada comparado con el final de esa noche. Cuando se acabó la película, y levantaron las luces del bar, la mujer que iba con Melisa, se levantó, se desperezó y justo miró para nuestra mesa, hizo una sonrisa de oreja a oreja: una amiga de la madre. Yo no lo podía creer. Santa Lucía es muy chico, ya lo he dicho, pero esto era demasiado.
Vi cómo esa mujer se iba acercando, vi cómo el rostro de Melisa también tomaba otro color, y cómo se iba quedando en su mesa, hasta que ya no pudo hacerlo.
- Hooola Renatita, cómo estas? dijo la mujer, abrazando a Renata.
- Hola Silvia, qué casualidad! ¿cómo estás?
- Muy bien!, miró hacia su mesa y llamó a Melisa.
- Te presento a Elvira, dijo Renata.
- Hola,. un gusto conocerte, me dijo dándome su mano.
- Vení Meli, por favor.
El corazón me batía fuerte en mi corazón: mezcla de enojo, ira, vergüenza y sobre todo mucha duda.
- Les presento a Melisa, dijo Silvia.
Melisa se acercó a Renata, le dio un beso, y cuando se acercaba a mí, me dijo: “Hola Elvira”. “Se conocen” fue la pregunta a dúo de Renata y la amiga de su madre.
- Sí, dijo Melisa. Mi padre es cliente suyo, y en algún momento me reemplazó en la librería de Roberto.
- Ah, dijo Silvia.
El gesto de Renata fue de intuir que esa era sólo una versión de la historia.
Roberto vino, nos cobró y me llevó al fondo, con X excusa.
- Juro Elvira, juro amor que no sabía nada de esto.
- Y yo creo que Melisa tampoco.
- ¿Quién es la mina? me preguntó
- Parece una amiga de Renata.
- ¿Puede ser así? No es mucha casualidad?
- Vos creés que las casualidades existen, Roberto.
Cuando volví, Renata estaba sola esperándome en la mesa.
- Se fueron, estaban apuradas. la chica me pidió que te dijera que el padre iba a hacer algunos cambios al último pedido que te hizo. Quizá vaya ella, pero no lo sabe.
- Gracias, hermosa. ¿Te parece que nos vamos?
- Sí, vamos. Quiero ducharme e ir a la cama. ¿Puedo quedarme en tu casa, Elvi?
- Sí, claro que sí. Cuando salíamos le dije: ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Sí.
- ¿Qué edad tiene esa mujer?
- ¿Silvia? Cincuenta, igual que mi vieja, ¿por?
- Me parecía más grande, más grande que yo.
- Y sí, amor, lo es.
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