Respiré hondo, levanté el teléfono y la cité a Melisa en el Bar enfrente de la plaza de la Congoja. Le dejé un mensaje, y a la hora que le había dejado dicho, bajé de mi oficina y crucé la calle. Para mi sorpresa ella ya estaba allí, y creo que para la sorpresa de Laura, la moza, también, ya que no entendía muy bien qué andaba pasando.
Después de hacer un rompimiento de hielo, de contarnos cosas que olvidaríamos para siempre dentro de cinco minutos, le dije directamente:
- Melisa, quiero nos dejemos de ver. Quiero decir con esto que me dejes de buscar o hablar o lo que sea. Por un tiempo (si es largo, mejor) no quiero saber nada de vos.
- Bueno, bueno, salió la cana que tenés adentro, poniendo límites.
- No intentes dar vuelta la tortilla que esta y por tu lado está bien quemada, Melisa, y yo prefiero que guardemos lo bueno que nos pasó.
- Y que vos intentás una y otra vez de borrarlo, Elvira. Yo no sé si te puedo prometer eso, de no buscarte, es más, después de nuestro último encuentro corté con Silvia...
- ¿Qué? ¿Pensabas que me ibas a recuperar diciéndome lo de Renata?
- No, corté por mí, sólo por mí. No sabía si te iba a volver a ver, y lo hice por mí, al fin y al cabo no la amo.
Suspiré hondo, pero muy hondo: “Melisa, sólo para que sepas, sigo estando con Renata y es a ella a quien quiero, y con quien quiero estar”.
- Qué raro vos jugando un papel secundario ¿no?
- Por qué no te vas a la mierda un poco, pendeja insolente! le dije desde el fondo de los ovarios.
- Ahora soy pendeja e insolente, y vos ¿qué sos? ¿La super madura? o ¿una vieja chota que no sabe de qué cuerpo joven sacar sangre fresca?
No puedo decir ni lo que hice, ni lo que le dije. Me da vergüenza, me siento mal. Pero me fui de allí mordiendo astillas de odio como nunca pensé que me podría pasar. Nunca. Salí del Bar, Laura salió conmigo hasta la puerta: ¿Estás bien? me preguntó. “Sí” le dije mirándome la mano que casi no reconocía como mía.
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jueves, octubre 05, 2006
viernes, septiembre 15, 2006
Anclas
Yo no tenía mucha ganas, quería estar a solas con ella, verla como el peso específico de mi realidad, de lo real en mi vida.
La saqué de la cocina, la fui llevando hacia el cuarto: “Pará Elvira, tengo los dedos llenos de cebolla y ajo, pará”, me decía. Yo la iba llevando. Quería que me acariciara con esas manos, que esa cebolla me diera la excusa justa para llorar con ella, por ella, por mí. Llorar en el cúlmine del orgasmo; gritar y jadear cuando esas manos arden en mí. “Estás loca Elvira”, me decía Renata. Yo le pedía más y más. Quería sentirla, saber que yo podía estar allí, con/en ella; quería poder sentirla completamente, real. Sus pechos sobre mis labios, los pezones lechosos incitándome a besarlos, comerlos. Sus dedos de titiritera sabiendo qué hacer en mi rosa concentrada, retraída. Cabalgarnos, inundarnos.
- Elvira, ah, te amo!
- Te amo, nena, te amo.
Anclas ante el desierto de lo incierto. Anclas en las ancas de la amada. Anclas para esta vida que brilla, y late. Estoy viva, a pesar de todo estoy viva.
Foto tomada de: http://www.outtakes.org.nz/2004/wgn/films/doi.php
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domingo, septiembre 10, 2006
Entre pares y rollo bisexual
Justo llegó Renata y como el “gong” que te salva, y la última oración de Laura se perdió entre los holas y las presentaciones.
Laura me agradeció la oreja y rápidamente puse al tanto a Renata de la situación por la que aquella estaba pasando.
- Puede ser bisexual si se la banca.
- Vos sí que sos graciosa, le dije. Esa piba es torta de acá a la China.
- Ah, mirá quién habla, la puede ver los grises de la vida.
- ¿Alguna factura que pagar por acá en tan poco tiempo?? le pregunté.
- Es que vos sos: al pan pan y a la torta torta.
Respiré hondo y le conté mi teoría y experiencia al respecto. No creo que sea tan simple, y mucho menos si hay todos esos rollos referidos a la sustentabilidad económica.
- Che, y si hacemos la de “L word”, dijo Renata.
- ¿Qué cosa?
- La podemos invitar a cenar con su chica cuando hagamos una comida con nuestras amigas, a ver qué siente estando entre pares, o entre varias lesbianas.
- Sabés que me parece que es una buena idea. Si ella está sola, se siente sola, lo mejor será poder compartir con otras, ver qué le pasa. Muy buena idea, mi amor.
Quedé en que la próxima vez que la viera le haría la invitación.
Atacó Renata: “Y vos te sentiste tan mal curtiendo con una bi”.
- No es sentirme mal, pero es un kilombo, sobre todo si aún la otra sigue con el tipo en cuestión. De todas formas hay algo en lo corporal que te dice que esa mujer suele curtir con tipos también, y a mí eso me enfría un poco.
- Hmmm, me suena medio retrógrado lo que decís, pero bueno es tu forma de sentir o de pensar.
- Yo te digo lo que me ha dicho el cuerpo en esas circunstancias, nada más. Cada una pueda hacer de su sexualidad lo que se le canta, pero yo prefiero estar, amar con una mujer que viene de estar con otras mujeres, es como cierta frecuencia energética, no estoy juzgando.
- Está bien, no necesitás defenderte.
Yo me quedé pensando en qué estaría pensando Renata cuando me preguntaba y respondía. Hace poco que estamos saliendo y es pleno descubrimiento, pero también siento que hay una zona de ella a la que no puedo acceder, y a la que no me deja acceder. Sin embargo ciertas cosas se filtran desde allí, y ese “tono” que de vez en cuando le aparece es una de ellas.
Laura me agradeció la oreja y rápidamente puse al tanto a Renata de la situación por la que aquella estaba pasando.
- Puede ser bisexual si se la banca.
- Vos sí que sos graciosa, le dije. Esa piba es torta de acá a la China.
- Ah, mirá quién habla, la puede ver los grises de la vida.
- ¿Alguna factura que pagar por acá en tan poco tiempo?? le pregunté.
- Es que vos sos: al pan pan y a la torta torta.
Respiré hondo y le conté mi teoría y experiencia al respecto. No creo que sea tan simple, y mucho menos si hay todos esos rollos referidos a la sustentabilidad económica.
- Che, y si hacemos la de “L word”, dijo Renata.
- ¿Qué cosa?
- La podemos invitar a cenar con su chica cuando hagamos una comida con nuestras amigas, a ver qué siente estando entre pares, o entre varias lesbianas.
- Sabés que me parece que es una buena idea. Si ella está sola, se siente sola, lo mejor será poder compartir con otras, ver qué le pasa. Muy buena idea, mi amor.
Quedé en que la próxima vez que la viera le haría la invitación.
Atacó Renata: “Y vos te sentiste tan mal curtiendo con una bi”.
- No es sentirme mal, pero es un kilombo, sobre todo si aún la otra sigue con el tipo en cuestión. De todas formas hay algo en lo corporal que te dice que esa mujer suele curtir con tipos también, y a mí eso me enfría un poco.
- Hmmm, me suena medio retrógrado lo que decís, pero bueno es tu forma de sentir o de pensar.
- Yo te digo lo que me ha dicho el cuerpo en esas circunstancias, nada más. Cada una pueda hacer de su sexualidad lo que se le canta, pero yo prefiero estar, amar con una mujer que viene de estar con otras mujeres, es como cierta frecuencia energética, no estoy juzgando.
- Está bien, no necesitás defenderte.
Yo me quedé pensando en qué estaría pensando Renata cuando me preguntaba y respondía. Hace poco que estamos saliendo y es pleno descubrimiento, pero también siento que hay una zona de ella a la que no puedo acceder, y a la que no me deja acceder. Sin embargo ciertas cosas se filtran desde allí, y ese “tono” que de vez en cuando le aparece es una de ellas.
sábado, septiembre 09, 2006
¿Ser o no ser por estabilidad económica, social?
El sabor malteado de la cerveza Q... Stout me refresca un poco la garganta, mientras la espero a Renata. Teníamos ganas de salir a comer afuera, pero no nos decidíamos con el menú. En fin, cuestiones meramente domésticas de dos personas con gustos gastronómicos muy diversos.
Estaba pensando en lo que el otro día me “confesó” Laura, la moza del bar de la Plaza de la Congoja, donde suelo ir a tomar mi capuccino.
Se me acercó hace unas mañanas atrás y me dijo: “Dísculpeme, pero tendría que hablar con usted, si no la molesto. Es algo personal”.
La miré extrañada, pero le dije que no había problema. “Le parece cuando termino mi turno?” me preguntó. Dale, le dije, y la cité en mi oficina, que le queda en la esquina.
Llegó Laura con cara cansada, y con un no sé qué en la mirada. Hmmm, me dije para mí misma, esto parece de índole metafísico, y creo que no me equivoqué.
- Elvira, trataré de ser lo más clara y directa, dijo.
Juro que el corazón se me paró y pensé que tenía flor de kilombo en puerta, pero no.
- ¿Qué es Laura?
- Mire. Yo sé que usted es ..., bueno... que a usted le gustan las mujeres...
- Me imagino que lo descubriste por varias situaciones en el bar o bien alguien te lo dijo. Se sonrió.
- Ambas cosas, pero lo que me pasa es que a mí también me gustan las chicas.
- Ah, pude articular.
- Y hasta curtí con una, bah, de vez en cuando lo seguimos haciendo.
- Qué bien! dije ya más relajada cuando me pareció que el asunto no venía para mi lado.
- No, no está bien, ya que salgo desde hace cinco años con un chico y estamos por casarnos. Es de los Gallardo, lo debe conocer.
- ¿Los de la concesionaria de motos?
- Sí, ellos. Con Gustavo fue amor a primera vista, y yo caí a sus pies. Pero a mí las mujeres me gustaron desde siempre, pero nunca nada, vio. En el secundario me gustó una compañera. Yo creo que ella era, pero no sé.
- Y esta chica con la que “a veces” curtís, de dónde salió, o qué te pasa con ella?
- Se llama Vanina, y es artesana. La conocí en un bar, una noche que salí con Gustavo.
- ¿Cómo?
- Sí, fuimos a ese bar “La Mariposa”, lo debe conocer.
- Cómo no! Qué raro que no te vi, pero bueno, no estoy allí todos los días.
- Fuimos porque mi novio quería ver quiénes eran los putos del barrio.
- Disculpame, pero qué pedazo de mierda.
Se puso colorada, pero me había enojado. - ¿Y vos?.
- Yo nada, me pareció bueno ir, ya que es común que gente que no es homosexual vaya a un lugar así.
No quise aclarar nada, no estaba allí como activista, estaba más como confesora.
- Bueno, allí estaba Vani. Según ella me echó el ojo enseguida, pero el primer avance fue en el baño. Allí intercambiamos fonos, es decir, ella me dio el suyo. Yo lo guardé y días después la llamé.
Se quedó callada, mirando más allá, y había una leve sonrisa, como un solcito salía de la comisura de sus labios. Conozco esa sensación.
- ¿Yyyyyy?
Se sonrío: - Fue de lo mejor. Es decir, nos encontramos y terminamos curtiendo. Fue hermoso, y yo me sentí muy bien, pero al día siguiente cuando vino Gustavo, uff, me sentí para el culo.
- Me imagino, y ahora... qué pasa, por qué quisiste contarme esto a mí?
- Es que no tengo a nadie para contarle, y es que a ella la quiero. Cada encuentro es más intenso, y me pide que me vaya a vivir con ella. Pero yo pienso en mi futuro.
- ¿Tu futuro?
- Sí, qué futuro puedo tener junto a una artesana? Con Gustavo tendré casa, y hasta me dijo que puedo seguir trabajando para tener lo mío o bien dejar y estudiar lo que yo quiera.
- Hmmm. Creo ver cuál es tu duda, y creo que vos te podrás imaginar cuál es mi respuesta.
- No sé Elvira. Además de lo económico está la mierda de la familia. Yo sé lo que piensan mi viejos de las personas homosexuales. Yo no puedo hacerles eso.
- Es que vos no les vas a hacer nada, Laura, vos vas a ser vos misma con la persona que realmente querés o deseás, y listo.
- No, no es tan fácil.
- Nadie dijo que lo fuera, pero creo que vale la pena intentarlo, si es que querés vivir de manera sincera.
- ¿Usted es pública?
Me sonreí: Sí, desde hace ya mucho tiempo; algunas personas lo registran, otras no; y las que se enojaron o se asustaron fueron desapareciendo y otras fueron volviendo.
- Ya que estamos en confianza, sabe una cosa?, me dijo
- No, qué.
- Alguna vez le tuve ganas!
Tags: lesbianas, lesbiana, argentina, romance, amor, erotica, deseo, pasion
Estaba pensando en lo que el otro día me “confesó” Laura, la moza del bar de la Plaza de la Congoja, donde suelo ir a tomar mi capuccino.
Se me acercó hace unas mañanas atrás y me dijo: “Dísculpeme, pero tendría que hablar con usted, si no la molesto. Es algo personal”.
La miré extrañada, pero le dije que no había problema. “Le parece cuando termino mi turno?” me preguntó. Dale, le dije, y la cité en mi oficina, que le queda en la esquina.
Llegó Laura con cara cansada, y con un no sé qué en la mirada. Hmmm, me dije para mí misma, esto parece de índole metafísico, y creo que no me equivoqué.
- Elvira, trataré de ser lo más clara y directa, dijo.
Juro que el corazón se me paró y pensé que tenía flor de kilombo en puerta, pero no.
- ¿Qué es Laura?
- Mire. Yo sé que usted es ..., bueno... que a usted le gustan las mujeres...
- Me imagino que lo descubriste por varias situaciones en el bar o bien alguien te lo dijo. Se sonrió.
- Ambas cosas, pero lo que me pasa es que a mí también me gustan las chicas.
- Ah, pude articular.
- Y hasta curtí con una, bah, de vez en cuando lo seguimos haciendo.
- Qué bien! dije ya más relajada cuando me pareció que el asunto no venía para mi lado.
- No, no está bien, ya que salgo desde hace cinco años con un chico y estamos por casarnos. Es de los Gallardo, lo debe conocer.
- ¿Los de la concesionaria de motos?
- Sí, ellos. Con Gustavo fue amor a primera vista, y yo caí a sus pies. Pero a mí las mujeres me gustaron desde siempre, pero nunca nada, vio. En el secundario me gustó una compañera. Yo creo que ella era, pero no sé.
- Y esta chica con la que “a veces” curtís, de dónde salió, o qué te pasa con ella?
- Se llama Vanina, y es artesana. La conocí en un bar, una noche que salí con Gustavo.
- ¿Cómo?
- Sí, fuimos a ese bar “La Mariposa”, lo debe conocer.
- Cómo no! Qué raro que no te vi, pero bueno, no estoy allí todos los días.
- Fuimos porque mi novio quería ver quiénes eran los putos del barrio.
- Disculpame, pero qué pedazo de mierda.
Se puso colorada, pero me había enojado. - ¿Y vos?.
- Yo nada, me pareció bueno ir, ya que es común que gente que no es homosexual vaya a un lugar así.
No quise aclarar nada, no estaba allí como activista, estaba más como confesora.
- Bueno, allí estaba Vani. Según ella me echó el ojo enseguida, pero el primer avance fue en el baño. Allí intercambiamos fonos, es decir, ella me dio el suyo. Yo lo guardé y días después la llamé.
Se quedó callada, mirando más allá, y había una leve sonrisa, como un solcito salía de la comisura de sus labios. Conozco esa sensación.
- ¿Yyyyyy?
Se sonrío: - Fue de lo mejor. Es decir, nos encontramos y terminamos curtiendo. Fue hermoso, y yo me sentí muy bien, pero al día siguiente cuando vino Gustavo, uff, me sentí para el culo.
- Me imagino, y ahora... qué pasa, por qué quisiste contarme esto a mí?
- Es que no tengo a nadie para contarle, y es que a ella la quiero. Cada encuentro es más intenso, y me pide que me vaya a vivir con ella. Pero yo pienso en mi futuro.
- ¿Tu futuro?
- Sí, qué futuro puedo tener junto a una artesana? Con Gustavo tendré casa, y hasta me dijo que puedo seguir trabajando para tener lo mío o bien dejar y estudiar lo que yo quiera.
- Hmmm. Creo ver cuál es tu duda, y creo que vos te podrás imaginar cuál es mi respuesta.
- No sé Elvira. Además de lo económico está la mierda de la familia. Yo sé lo que piensan mi viejos de las personas homosexuales. Yo no puedo hacerles eso.
- Es que vos no les vas a hacer nada, Laura, vos vas a ser vos misma con la persona que realmente querés o deseás, y listo.
- No, no es tan fácil.
- Nadie dijo que lo fuera, pero creo que vale la pena intentarlo, si es que querés vivir de manera sincera.
- ¿Usted es pública?
Me sonreí: Sí, desde hace ya mucho tiempo; algunas personas lo registran, otras no; y las que se enojaron o se asustaron fueron desapareciendo y otras fueron volviendo.
- Ya que estamos en confianza, sabe una cosa?, me dijo
- No, qué.
- Alguna vez le tuve ganas!
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jueves, abril 28, 2005
Me deshizo
Hay un punto en mí que lo podría denominar mi punto débil. Es ese punto en donde lo cursi y lo salvaje se juntan.
En donde soy la humana de todos los días y la personaje de comic de algunas veces.
Salí temprano del trabajo con la idea, con la única idea de mi capuccino crepuscular. Ya saben, en el bar de la esquina, mirando hacia la Plaza de la Congoja.
Cuando entré la vi. Estaba allí sentada, con cara de pícara. Una especie de travesura.
La saludé sorprendida, y hasta Laura, la moza, también lo estuvo.
- Ayer dijiste, como al pasar, que saldrías más temprano del trabajo. Y como me comentaste acerca de este ritual, pensé en traerte un regalito. Esto.
Extendió su mano y había un chocolate con un moñito alrededor. Me quedé sin palabras, seca la garganta. Y la quería comer a besos y mi otra parte, la dura, racional y metida me decía: no, no.
- Gracias linda, - apenas pude articular.
Charlamos de su día, del mío. Charlamos y nos perdimos en el tiempo.
Hum... chocolate blanco, qué rico. Dejo que cada cuadradito se disuelva en mi boca. Lo dejo allí. Me endulza y calma mi nerviosismo.
Es que entre las otras cosas, que para ella no habíamos hablado, era qué podíamos hacer esta noche.
Realmente ni lo había pensado. Las cosas habían pasado tan rápido en los dos últimos días, y en realidad había sido ella la planeadora de todo.
Fue un momento de debilidad, lo juro. Sí, lo juro. Fue cuando pronuncié: “Si querés podés venir a casa”.
Sus ojos brillaron, sus piercings parecían brillar más.
- Sí. Sara me habló de ella.
- Mirala vos.
- Es tu ahijada, ¿no?
- Sí, pero en cualquier momento dejo de serlo, si me sigo enterando de que anda contando cosas mías por ahí.
- No te enojes, la culpa la tengo yo.
- ¿Vos? En menos de una semana ya te contó vida y obra por lo que veo.
- No. No en una semana.
- ¿No? Y ¿cómo es eso señorita?
- Desde hace más de un año.
- ...
- No te pongas así. No es un servicio de inteligencia. Es que un día que vos estabas en su casa yo fui a buscar a mi hermana. Y te vi.
Estabas entre enojada y triste y le contabas con muchos ademanes a Amanda una historia tuya. Me gustaste.
- ¿Qué? (no podía decir otra cosa)
- Sí. Me gustaste. Y le pregunté a Sara quién eras. Y después que te fuiste (ni me viste entre tantas lágrimas, supongo) Amanda le contó algo a Sara.
Te quieren mucho, y estaban preocupadas.
- Sí. Con Amanda somos casi como hermanas. Pero volviendo al aquí y ahora.
- Volviendo al aquí y ahora es que a esta lesbianita le gustaba una señora lesbiana: usted. Te vi varias veces por la calle y esperé a que me reconocieras. Pero nada.
- Te juro que no te registré.
- Ya lo sé. Y cada vez que te veía le preguntaba algo a Sara. Y bueno, el domingo cuando te vi allí no podía hacer nada, nada más que jugar. Hasta que te acercaste.
Mirando a su alrededor, como para que no oigan: “Podés creer que me mojé”.
- Che!, dije yo mirando para todos lados también.
- Es que no lo podía creer. Vos ahí y tan cerca ¿Te sueno muy, demasiado pendeja, no?
Le tomé el mentón y levanté su cara: “Para nada. No me esperaba esto. Yo también debo parecerte medio pendeja”.
En donde soy la humana de todos los días y la personaje de comic de algunas veces.
Salí temprano del trabajo con la idea, con la única idea de mi capuccino crepuscular. Ya saben, en el bar de la esquina, mirando hacia la Plaza de la Congoja.
Cuando entré la vi. Estaba allí sentada, con cara de pícara. Una especie de travesura.
La saludé sorprendida, y hasta Laura, la moza, también lo estuvo.
- Ayer dijiste, como al pasar, que saldrías más temprano del trabajo. Y como me comentaste acerca de este ritual, pensé en traerte un regalito. Esto.
Extendió su mano y había un chocolate con un moñito alrededor. Me quedé sin palabras, seca la garganta. Y la quería comer a besos y mi otra parte, la dura, racional y metida me decía: no, no.
- Gracias linda, - apenas pude articular.
Charlamos de su día, del mío. Charlamos y nos perdimos en el tiempo.
Hum... chocolate blanco, qué rico. Dejo que cada cuadradito se disuelva en mi boca. Lo dejo allí. Me endulza y calma mi nerviosismo.
Es que entre las otras cosas, que para ella no habíamos hablado, era qué podíamos hacer esta noche.
Realmente ni lo había pensado. Las cosas habían pasado tan rápido en los dos últimos días, y en realidad había sido ella la planeadora de todo.
Fue un momento de debilidad, lo juro. Sí, lo juro. Fue cuando pronuncié: “Si querés podés venir a casa”.
Sus ojos brillaron, sus piercings parecían brillar más.
- Sí. Sara me habló de ella.
- Mirala vos.
- Es tu ahijada, ¿no?
- Sí, pero en cualquier momento dejo de serlo, si me sigo enterando de que anda contando cosas mías por ahí.
- No te enojes, la culpa la tengo yo.
- ¿Vos? En menos de una semana ya te contó vida y obra por lo que veo.
- No. No en una semana.
- ¿No? Y ¿cómo es eso señorita?
- Desde hace más de un año.
- ...
- No te pongas así. No es un servicio de inteligencia. Es que un día que vos estabas en su casa yo fui a buscar a mi hermana. Y te vi.
Estabas entre enojada y triste y le contabas con muchos ademanes a Amanda una historia tuya. Me gustaste.
- ¿Qué? (no podía decir otra cosa)
- Sí. Me gustaste. Y le pregunté a Sara quién eras. Y después que te fuiste (ni me viste entre tantas lágrimas, supongo) Amanda le contó algo a Sara.
Te quieren mucho, y estaban preocupadas.
- Sí. Con Amanda somos casi como hermanas. Pero volviendo al aquí y ahora.
- Volviendo al aquí y ahora es que a esta lesbianita le gustaba una señora lesbiana: usted. Te vi varias veces por la calle y esperé a que me reconocieras. Pero nada.
- Te juro que no te registré.
- Ya lo sé. Y cada vez que te veía le preguntaba algo a Sara. Y bueno, el domingo cuando te vi allí no podía hacer nada, nada más que jugar. Hasta que te acercaste.
Mirando a su alrededor, como para que no oigan: “Podés creer que me mojé”.
- Che!, dije yo mirando para todos lados también.
- Es que no lo podía creer. Vos ahí y tan cerca ¿Te sueno muy, demasiado pendeja, no?
Le tomé el mentón y levanté su cara: “Para nada. No me esperaba esto. Yo también debo parecerte medio pendeja”.
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